Todo el mundo daba por hecho, que al venirme aquí no pararía de ir a conciertos. Pero es que están caros, amigos, y mi sueldo en el mundo de la comida rápida no da para lujos. Además, que por horarios está complicado. Y no te digo nada de la pereza que da ir sola.
Resulta que durante todo julio iTunes organizaba un festival gratuíto en un local chulísimo de Candem, con artistas como Oasis, Placebo, Kasabian y un montón más. Y las entradas sólo se conseguían mediante sorteo; así que ahí me inscribí yo para un montón y un sábado recibí la noticia de que había conseguido entradas para Franz Ferdinand y Passion Pit.
Yo que soy muy de ponerme de los nervios, reaccioné como era de esperar, con un pequeño ataquito y posterior comida de cabeza al pensar, ¿podré escaparme del curro a tiempo?. En fin, que todo salió bien, me dejaron irme con tiempo mas que de sobra, y al concierto se apuntó un compañero de piso.
Así que cuando por fin entramos, nos fuimos a por unas cervezas y salimos a la terraza a fumar y hablar de lo humano y lo divino. Vamos, festivales y drogas; raves y gente que desfasa sin venir mucho a cuento.
Con la puntualidad que una espera en este país, aparecieron Passion Pit sobre el escenario. Después de comprobar bastante asustada lo joven que era toda la gente que por allí estaba, se me pasó cuando me imaginé viendo a Franz Ferdinand tan cerca del escenario.
Los chicos de Massachusetts (joder, las ganas que tenía de escribir algo así) tocaron su repertorio en 40 minutos, que a fuerza de no haber oído el disco ni una vez, se hicieron algo largos. Músicalmente sonaban bien, pero el cantante llegaba a hacerse pesado con el falsete continuo de su voz.
Me encantan los grupos electrónicos en directo, con el teclado y la guitarra, y también la mesa de mezclas. Pero, como digo, hay un límite de tiempo en el que puedes escuchar la voz del cantante sin que te entre la bajona. La gente se vino arriba con The Reeling y fin.
A mi es que la cerveza me da muchas ganas de ir al baño, vamos, como a todo el mundo, pero yo ese día tenía la vejiga diminuta, así que tuve que pelearme con la marabunta para, en el cambio de instrumentos, poder llegar al baño. Ya que me había dado el paseo, y los codazos, volví con dos cervezas.
Y después de un ratito, salieron los Franz Ferdinand. Y yo, que soy bastante petarda, lo primero que pensé fue: qué guapo. wow. qué guapo. Y estaba tan hiptonizada que hasta me recordó a Bowie el muy Kapranos.
A mi el último disco ni fu ni fa, y eso que lo tenía bastante quemado porque mi cutre reproductor de mp3 se empeñaba en que solo sonaran canciones suyas. Pero es que daba igual lo que tocaran, porque todo sonaba genial y es imposible no dejarse llevar por los sonidos de los escoceses (toma! otra vez).
En una hora despacharon el Tonight y varios clásicos populares de ayer y hoy. Cuando comenzó a sonar Take Me Out, y fue al principio, un grupo de niños a mi izquierda empezaron a darlo todo y yo temí un poco por mi vida de bajita; pero vieron que estaban en una zona aburrida y se fueron a primera fila, que ya se sabe que Franz Ferdinand son un grupo que se da mucho al pogo.
Terminaban con Lucid Dreams y su final electrónico, toqueteando una mesa de mezclas y saliendo el último un batería que se llevó todos los aplausos. Dubitativa me preguntaba cómo se pedía un bis en inglés, o si era costumbre marcharse a la francesa y allí no volvería nadie. Pero regresaron, tocaron y vencieron.
Al final fue una hora aproximada, y se me antojó suficiente, en parte porque, a pesar de la sudada que me gastaba, volvía a ser necesario volver al baño.
Kapranos, qué guapo.